Reflectores Citadinos: “La tía Julia y el escribidor”: Dinámica propuesta que trenza romance y oficio escritural

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Dalia Davi (Julia) y Pablo Andrade (Mario) funden pasiones en una escena de “La tía Julia y el escribidor”.

La Voz Hispana de Nueva York / 5 de marzo de 2016 – Cobijados bajo arcos que simulan ondas radiales y una antena al fondo, los actores de la obra teatral “La tía Julia y el escribidor”, afianzan situaciones, psicologías y subtramas mientras realizan entradas y salidas (mutis) por el foro.  Ese efecto de ambientación preparó a los espectadores para la contemplación de una serie de imágenes que desfilaron con nitidez.

El escrito de teatro surge desde la narrativa del laureado hombre de letras, Mario Vargas Llosa, en adaptación de la dramaturga Caridad Svich.  Publicada en el año 1977, la novela medio autobiográfica, expone un remolino de pasiones provocadas por un mozalbete Vargas Llosa y su arrojada tía política, Julia, quien en vida fuera Julia Urquidi.  El dificultoso idilio, en una sociedad conservadora, y los constantes “aguijonazos” que la tía boliviana le lanza a “Marito” sirven de preámbulo a una entrega total y secreta.  El texto de la adaptadora va directo a lo que estima esencial: Romance y el arte de escribir.  Todo salpicado por las historias de radioteatro concebidas por Pedro Camacho.  La lúdica relación entre el “yo” del narrador-protagonista que es “Marito” o Mario (Pablo Andrade), la liberal tía Julia (Dalia Davi), el caricaturesco, fantasioso y creador de historias Pedro Camacho (Luis Carlos de la Lombana), además del resto de los personajes secundarios, es lo más apasionante y ameno del espectáculo.

Convergen y se respetan, con perspicacia, la línea de carácter autobiográfico y la línea ficcional que son producto de la escritura originaria.  Es laboriosa tarea rescatar lo más sustancioso de una novela para trasladarla a un escenario y Svich lo realizó con bravura.  El artificio de la dramaturga en su adaptación es indiscutible aunque la kilométrica obra teatral se encuentra plagada de escenas que pudieron ser excluidas para no desmesurar.  El texto lingüístico es rico, prudente y nunca queda situado en la vaguedad.  Ese mismo texto lingüístico denota el paso de la hermosura y sensibilidad narratoria de Vargas Llosa que la dramaturga hace suyo, en alguna ocasión, o moldea para la construcción de diálogos.  La unidad de tiempo se transgrede en la adaptación, así como en la novela, permitiendo el vuelo imaginativo hacia el regio engranaje del que fuimos testigos.

La escenografía, iluminación, vestuario y sonido fueron elementos determinantes en la producción de “La tía Julia y el escribidor”.  Era imprescindible sentirnos parte de la actividad radiofónica peruana con el decorado, colorear-iluminar con propiedad e imaginación, ataviar acorde a una época y sensibilizar al oído para permitirnos entrar a un espacio dispuesto a fraccionar la historia sobre la escena con delicado realismo.  El verdadero hechizo de “La tía Julia y el escribidor” está en los esmerados detalles técnicos.  Susan Rogers, Manuel Da Silva, Leni Méndez y David M. Lawson formaron parte de un competente cuarteto.  Aquellos azulados dardos de luz entre melodías y melosas conversaciones incitaban a la imaginación.  Los tocados de cabeza, vestidos, conjuntos masculinos, etc., acercaban a una época gloriosa de la radio y al chispazo entre seres accionados por un propósito.  Todos esos teatreros o “teatristas” forzaron los sentidos de los espectadores a confabularse con sus expectativas.

Se percibe una corriente melodramática en las incursiones del libretista Pedro Camacho con su radioteatro en Radio Central, contigua a Radio Panamericana en donde laboraba Mario.  Durante los años 50s época en que se desarrolla la obra los culebrones radiales acaparaban gran atención dentro de la sociedad limeña.  El actor Luis Carlos de la Lombana se agigantó e hizo alarde de una transparente interpretación.  Impartió gracia al personaje de Pedro Camacho y pudo despertar las adormitadas emociones de los presentes con sus constantes arrebatos.  La versión dramática, jocosa, trágica, emotiva del quehacer literario o del escritor apasionado, por igual, quedó plasmada en cada mirada, vocablo emitido, pasos, entonaciones a través del micrófono.  Pedro Camacho y Luis Carlos de la Lombana produjeron un efecto de peso.  En cuanto a la actriz dominico-puertorriqueña, Dalia Davi, es preciso comentar que su presencia en el tablado, como la tía Julia, fue reconfortante, vigorosa, de oficio actoral respetable.  El personaje de la tía liberal y ausente a los estereotipos se posó con justicia en Davi.  Los matices empleados por la actriz estuvieron embebidos de persuación, coqueteo, experiencia y desecho tradicionalista.  Sus huellas en el teatro hispano de Nueva York nunca desaparecerán.  Por otra parte, tenemos a Marito, Mario o Varguitas, un personaje apasionado y objetivo que rehúsa dar marcha atrás.  Tampoco dió marcha atrás, al enfrentar su “monstruo”, el histrión Pablo Andrade.  Como narrador, mozalbete asustadizo, insubordinado, regidor del destino, esposo y escritor.  Andrade se sometió, con vehemencia, a las diversas gradaciones o transformaciones que sufría su personaje.  Su actuación puede clasificarse de encomiable.  Zulema Clares (Olga), Ana Margarita Martínez-Casado (Josefina), Gerardo Gudiño (Francisco), Germán Jaramillo (Lucho), Alfonso Rey (Genaro) y Christian López Lamelas (Javier) provocaron turbulencias en los pulsos con sus atinados trabajos.  José Zayas, en su universo artístico, encapsulaba a los personajes pero también los explayaba por la escena como brindando cierta implosión y explosión de situaciones; de tal manera, no limitaba a los actores a ceñirse a un solo cuadro físico del escenario.  ¡Felicitaciones!

Resta afirmar que “La tía Julia y el escribidor” es una producción en donde todo lo estético se aferra a la idealización.  Es una obra de teatro de la cual la familia actoral y técnica pueden sentirse halagados porque han erigido un monumento al teatro hispano de los Estados Unidos.

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