Reflectores Citadinos: “La Gloria”: Un celestial espectáculo sobre proverbiales figuras de la Sonora Matancera

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“La Gloria” De izquierda a derecha Jeannie Sol (Myrta Silva), Mario Mattei (Daniel Santos) y Lina Sarrello (Celia Cruz).

NUEVA YORK, 21 de enero de 2016 / La Voz Hispana de Nueva York; por Antonio Bones- Nubes por doquier, matices azulosos, palmeras que nos permiten evocar cálidos días caribeños, y una neblinosa atmósfera sirve de preámbulo al cabaret latino “La Gloria”.  En ese, diríamos, hasta onírico espacio y sobre una plataforma de fondo es que se posicionan los virtuosos que dotarán de esplendor al grupo musical que acompañará en sus interpretaciones a “La Gorda de Oro”, Myrta Silva (puertorriqueña); al “Inquieto Anacobero”, Daniel Santos (puertorriqueño), y a “La Guarachera de Oriente”, Celia Cruz (cubana).

“La Gloria: A Latin Cabaret” es una cómica revista musical, saturada de picardía criolla y escrita por el cubano Norge Espinosa.  El libreto es una criatura ágil, dotada de una temporalidad lineal, vocablos planos y musicalidad linguística.  Luego de una transición corpórea, Espinosa, sittuó a sus personajes en un ameno club nocturno, administrado por un ser superior, quien se encargará de hacer valer sus mandatos por medio de relampagueos y distorsiones lumínicas.  Rarezas a las que nos expusimos durante un viaje o colocación espiritual.

Tanto los personajes de Myrta Silva y Daniel Santos ya estarán establecidos en equis espacio sidéreo nombrado el cabaret “La Gloria”.  Es allí en donde el animador de los espectáculos llevados a cabo en dicho cabaret, Arcángel El Camacho, tiene la responsabilidad de anunciar el arribo de Celia Cruz (conflicto base de la escritura teatral).  Debemos mencionar que “La Gloria” no deja de asombrar e infundir una cadena de impulsos anímicos al espectador.  Por medio de inclusiones musicales -éxitos de las estrellas de otrora-, y cadenciosos bailes, el cabaret insiste en llevar al público hacia una función cargada de rigurosidad, buen gusto y centelleos catárticos.  La selección de canciones que sirven de vehículo transportador hacia la nostalgia, durante los dos actos con intermedio, incluyen éxitos que hicieran famosos las estrellas Myrta Silva, Daniel Santos y Celia Cruz: “Nada”, “¿Qué sabes tú?”, “La nena enamorada”, “Por algo será”, “Yo me voy contigo”, “Chencha la Gambá”, “Dos Gardenias”, “Como me da la gana”, “No hay que hablar”, “Linda”, “Tíbiritabara”, “Bigote e’ gato”, “Noche de ronda”, “Quimbara”, “El Yerbero Moderno”, “Zún, zún, babaé”, “Cao, cao, maní picao”, “Siguaraya”, “Burundanga”, “Quiero volver a La Habana”, “¿De qué te quejas cubano?”, “Mi varadero”, “Nostalgia habanera” y el número introductorio “Bienvenidos a La Gloria”

Los vocalistas-actores-titiriteros nos funden en la fábula con donosura y empeño.  Ni en un instante se registran acciones vanas o diálogos desechables.  Todo cae dentro de una precisión y ritmo difíciles de experimentar en muchas puestas teatrales de carácter musical-hispano en la ciudad de Nueva York.  Jeannie Sol en el personaje de “La Gorda de Oro” sensibiliza el oído con su atrayente laringe, energía y registro.  La vocalista goza y muestra el desparpajo de la intérprete, sus contoneos, arrebatos y sarcasmo.  Los temas musicales que Sol interpretaba provenían de Myrta Silva pero ella supo convertirlos en un repertorio a su capacidad, a su estilo, en una creación “guapachosa”.  La cantante engrandeció el montaje con su privilegiada voz.  Entre la orquesta y ella puede iniciarse un jolgorio de proporción astronómica.  Mario Mattei en su personaje de Daniel Santos sobrepasa las expectativas.  Mattei se entrega a la tarea de copiar los detalles más distintivos de “El Jefe”.  Aunque consideramos que la imitación no era parte de la propuesta, Mattei se aferró a ella para crear a su personaje.  La gesticulación, las expresiones, los giros corporales, el vestuario, maquillaje, el estilo del cabello y la voz modelada enaltecieron su producto escénico.  Durante el espectáculo parecía que veíamos a un Daniel Santos reencarnado.  Una ardua tarea investigativa queda reflejada en las tablas.    El trabajo de Lina Sarrello podría ser clasificado como una aventura irrepetible.  Tiene la cantante esa facultad para transmitir mensajes a través de notas musicales.  No imita a Celia Cruz pero en la manera de interpretar las canciones que hicieron famosa a la laureada, “Reina de la Salsa”, posee afinación, tesituras y cadencias.  Es una intérprete de voz versátil que puede pasearse por tonos y registros sin dificultad alguna.  El triunvirato constituye un primor cantoral.  En su personaje de Arcángel El Camacho, el director de la propuesta y productor, Manuel Morán, es en demasía vivaracho y mediador.  Su labor histriónica como animador denota respetabilidad por el nexo que comparte con “El Jefe”, un ser omnipresente que nombraremos Dios.  La actividad física de Morán es extrema pero necesaria para el tránsito de la acción.  El actor realiza una fresca interpretación de su personaje sin caer en excesos ni vicios histriónicos.  En las incursiones verbalizadas se debería revisar, aminorar o evitar el “rosario” de vocablos con inclinación a lo pedestre -aunque un cabaret sirva para eso y otras trivialidades- .

Los bailarines Daniel Fetecua y Milteri Tucker danzaron a dúo y en solos.  Ambos demostraron en sus pasos coreografiados y habilidades que la danza engalana cualquier escenario.  La morena Tucker es guapa con piernas tonificadas y fortísimas.  Por su parte, Fetecua emana esa virilidad sugestiva del hombre latinoamericano.  En ocasiones se pierde la noción del tiempo y sus fogosos bailes se anteponen a la concatenación de sucesos.  ¡Es inevitable!  Son un par caídos de El Paraíso.

Las marionetas utilizadas fueron diseñadas por Zenén Calero.  Es interesante observar como los vocalistas-actores-titiriteros emplean el recurso de los títeres para enfrentarnos a rasgos sobresalientes de los personajes que existieron en la realidad.  El método de ocultamiento por los que accionaban las marionetas nos permitía interactuar de manera visual con el personaje en cuestión.  De esa manera el ejercicio de la imitación o asimilación quedaba relegado a un segundo plano.  Eran tan evidentes los rasgos que el público se admiraba y desternillaba de la risa al comparar a los originales con los copiados en las marionetas.

Es menester felicitar a Zenén Calero por la confección de títeres, el práctico y majestuoso diseño escenográfico, además por el diseño de vestuario con penachos, pedrerías, lentejuelas y tules; la dirección musical del maestro Alejandro Zuleta; traducciones de Lina Sarrello; la coreografía de Daniel Fetecua; la realización de vestuario a cargo de Ingrid Harris con asistencia de Lina Sarrello; Jason Fok en el diseño de luces; Ana Campos como asistente del director; Harvey Y. Padilla como regidor de escena; Richard Marino en el sonido.  Los excelentes músicos que componen la orquesta: Dan Blankship, Dennis Hernández, Alejandro Berti (trompetas); Guillermo Barrón, Johnatan Gómez y Jacqueline Acevedo (percusión); bajo a cargo de Carlos Mena y Víctor Murillo.

“La Gloria: A Latin Cabaret” es un tren cargado de musicalidad que ofrece el más placentero viaje al que un mortal pueda exponerse.  La obra teatral es el pasadizo perfecto hacia aquella dimensión abierta, dimensión en donde no existen calamidades y el pentagrama se eterniza.

Últimas funciones los domingos 24 y 31 de enero a las 4:00 pm y el domingo, 7 de febrero en el mismo horario.  Reserve en la página electrónica www.teatrosea.org.  El teatro se encuentra en el “Clemente Soto Vélez Cultural and Educational Center”, 107 de la calle Suffolk en el Bajo Manhattan.

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