“Reflectores Citadinos”: “Gazolina” incendia las conciencias en el descalabro sociopolítico y religioso que nos abrasa

ADVERTISEMENT SLOT 7

La tensión se cierne sobre el escenario.

Nueva York, 29 de marzo del 2016 / La Voz Hispana de Nueva York; por Antonio Bones- Bajo el programa “Cimientos” del teatro IATI en Manhattan, desde el 25 de marzo hasta el 16 de abril del 2017, se mantiene en cartelera la obra de teatro “Gazoline”.  Una producción teatral que bien podría convertirse en el estandarte de los oprimidos y azote para la degradación social que experimentamos, a diario, en los Estados Unidos, por demás, en otros lares allende los mares.  De la pluma del prolífico dramaturgo catalán Jordi Casanovas y dirigida por el puertorriqueño, Jorge Merced.

El texto que propuso Casanovas no pudo ser más idóneo para la puesta teatral que degustamos.  Poseyó recursos dialógicos y discursivos de envergadura.  Estuvo plagado de humanidad, enfrentamiento, vulnerabilidad, tensión, distensión, profundidad y lógica.  Fuimos partícipes de un cúmulo de temas como lo son, entre algunos, la desintegración familiar, el sistema educativo, la impiedad del capitalismo, el amor, el sexismo, la brutalidad policial, la corrupción y el acoso.  Es una pieza artística recreada o plantada sobre imprescindibles códigos y símbolos.  A nuestro entender, pertenece al género de la tragicomedia.  No podríamos equivocarnos al expresar que es una escritura teatral diáfana, vital y comprometida.

La fábula de la propuesta arropa la vida de cinco personajes jóvenes: Naíma (Frances Arroyo López), Omaira (Idalia Limón), Nico (Mateo Lamuño), Christopher (Gilberto Gabriel Díaz Flores) y Andrés (Diego Chiri).  Todos pertenecientes a la generación de los Millenials, “Generación Y” o Echo Boomers; adeptos a la interactividad virtual por medio de estímulos visuales y auditivos.  No obstante, los chicos de “Gazoline” no residían dentro de una burbuja liderada por ciudades virtuales, no, vivían en un ambiente hosco, vivían una realidad cruda y desesperante.  Los cinco muchachos percibían el sentimiento antiinmigrante, en El Barrio, Nueva York, mientras se flagelaban o sublevaban.  Una generación de sujetos más susceptibles al sinsabor religioso, político y cultural que las generaciones antecesoras.  El objetivo sería desprenderse de la invisibilidad, llamar la atención, exigir respeto a sus existencias e intentar alcanzar metas.

“Gazolina” es el motor de la esperanza.

Las actuaciones de los cinco ejecutantes, dentro de sus respectivas entregas, podrían ser calificadas como despampanantes.  Nos sobrecogió el ritmo que nunca decayó y los objetivos inquebrantables.  Mateo Lamuño (España), Gilberto Gabriel Díaz Flores (Puerto Rico) y Diego Chiri (Perú), interpretaron con absoluta propiedad al manipulador y gótico muchacho Nico, al contundente y playboy Christopher; asimismo, al leal y “apacible” Andrés.  Es meritorio rescatar las actuaciones de Frances Arroyo López (Puerto Rico), en su rol de la religiosa y potente Naíma y, en el personaje de la apasionada Omaira, a Idalia Limón (México).  Ambas intérpretes brillaron e hicieron temblar el escenario.  Centradas y enérgicas actrices de armas tomar.  Son promesas para los teatros nacionales de sus países y de otros.

El vestuario de los artistas fue seleccionado y delineado por Leni Méndez.  Un vestuario rico en detalles comunales, urbanos o citadinos; propio para los Millenials durante sus insospechadas andanzas.  Los diseñadores de sonido Haydn Díaz, Gabriel García y el diseñador de luminotecnia, Miguel Valderrama, fueron determinantes para el éxito de la producción.  Ellos lograron captar ese concepto vanguardista del que está revestida la obra.  Cristina Ayón Viesca fungió como asistente del director y regidora de escena en la titánica tarea de impulsar un “maquinón” como “Gazolina”.  Warren Stiles ofreció un espacio apto para la comisión de una fechoría, planificación, complicidad y hermandad en la acera de cualquier ciudad. Nos quitamos los sombreros antes todos ustedes.

Parte de la producción del éxito de IATI, “Gazolina”.

La dirección de Merced se concentró más en lo estético que en lo convencional.  Allí hubo un coche pero no lo veíamos; sin embargo, lo palpábamos y hasta percibíamos el olor de las “llantas de aluminio”.  Tanta pomposidad realista no hacía falta en el tablado si los artistas nos la podían proporcionar con cada acercamiento, con cada mirada, con cada intención. Lo que resaltó fue de la manera en la cual el director teatral logró utilizar y aprovechar los acentos de los actores.  Lingüísticamente, “Gazoline” se apropió de la jerga juvenil mientras, al mismo tiempo, conservó rasgos inconfundibles de la lengua nativa de los hispanohablantes (actores).  El experimento teatralizado respondió al simbolismo de la diversidad étnica que inunda cada sector neoyorquino, y también de los restantes estados que componen a la nación del Tío Sam.  Otro detalle, muy particular, lo fue el desplazamiento de los actores por un alley stage, escenario cruzado o de pasarela.  Los espectadores fuímos parte activa de esos desplazamientos por la acera -flancos en los laterales del escenario.  Era como si nos estuviésemos arrojándonos o compartiéndonos todas las miserias, desgracias y esperanzas de aquellos seres urbanos.  ¡Viéndonos en el espejo de los demás!  ¿Y la quema del auto con gasolina?  Metáfora exacta de la destrucción, de la venganza al Estado aplastante y a sus súbditos de cuello blanco; metáfora de la purificación del alma; metáfora de los ideales que se cuajan en lugares marginales con transparencia, no como los que habitan en palacios, ayuntamientos y se regodean en escalinatas.  Lograr tales genialidades junto a un excelente equipo de actores y técnicos es lo que se conoce como magia teatral.  ¡Le agradecemos, señor Merced!

“Gazolina” representa el grito de los menos afortunados pero con vientos huracanados.  No representa actividad delictiva, representa cambio y escalada social… representa protesta.  “Gazolina” es el motor de la esperanza.

 

 

ADVERTISEMENT SLOT 8
About the Author