Reflectores citadinos: “El pez gordo”: Actuaciones, producción y reflexiones en gordo

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“El pez gordo” logró el propósito de entretener pero también de mostrarnos a unos personajes-espejos en los cuales nos pudimos reflejar.

Nueva York, 16 de noviembre del 2016 / La Voz Hispana de Nueva York; por Antonio Bones – La más reciente puesta en escena de Teatro Círculo, “El pez gordo”, nos adentró o nos precipitó hacia un espacio plagado por el capitalismo, la misoginia, el fundamentalismo cristiano y ético, moralidad, la incertidumbre vida-muerte, envejecimiento, lealtad, lo bestialis del mercadeo, soledad, esperanza, amistad, competitividad, sexo y divertimento, entre algunos ejes temáticos.

“Hospitality Suite” o “El pez gordo (The Big Kahuna)” del dramaturgo y guionista estadounidense, Roger Rueff, es una obra teatral en dos actos que experimentó su estreno allá por noviembre del año 1992 en el Victory Gardens Theater de Chicago.  La trama argumental exhibe a tres personajes: Felipe (Edd Trucco), Luis (Daniel Ojeda Astigarraga) y Roberto (Nicolás Alvo), quienes, a nuestro entender, expusieron en sus representaciones tres finales disímiles.  En el hotel Holiday Inn, enclavado en la ciudad Wichita de Kansas, los dialogantes representaron a un triunvirato, de tres peculiares generaciones, dispuesto a elevar las ventas de una firma de lubricantes.  En la suite se llevará a efecto una convención y la espera de Dick Fuller -presidente ejecutivo de una importante manufacturera-.  Mientras se preparaban como anfitriones del evento, su exposición dialógica desembocó en súbitos asuntos de carácter vivencial.  El súper objetivo fue resguardar a la empresa que representaban de una inminente quiebra.  Un giro inesperado, los llevó a reflexionar sobres aspectos decisivos en sus tránsitos por la vida.  Sumado al género de la comedia, nos permitió entrever, con picardía, cómo aspectos religiosos y de moralidad convirtieron a los personajes en vehículos filosóficos o de extrema cotidianeidad machista con sus gradaciones o, tal vez, en elementos disfuncionales de una sociedad que insistía devorarlos.  Fueron elementos que los llevó a reflexionar sobre lo absurdo, infernal o “angelical” que propone la religión y otros asuntos.

Carguemos con un título desprendido de la traducción de “Hospitality Suite”: “El pez gordo”.  Ese título, nos parece, una púa idiomática.  La voz francesa “suite” me parece un recurso y/o vocablo muy orientado a la acción, al lugar de reunión que, a manera de burbuja, enmarcó a unos personajes que necesitaban privacidad para internarse en sus conciencias, transaccionar y ofrecerle hospitalidad a lo inexplicable y habitual.  ¿Por qué otro título?  La respuesta: Es cuestión de “creer”, acatar la traducción y la licencia que permite tales atropellos.  Si de cambiar un título o de “traducir” se tratara, nos iríamos por la vía de “El peje”.  Esos son caprichos como los utilizados por el agente traductor.  De acuerdo al Soul of Your Story Academy, la obra “El pez gordo”, ha sido traducida a cinco lenguajes.  Entonces sigamos viajando por “El pez gordo” de la traducción en español.  ¡Qué mucho se pierde en tales traducciones!

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Los actores Nicolás Alvo, Ed Trucco y Daniel Ojeda Ojeda Astigarraga (de izquierda a derecha), conformaron el elenco de “El pez gordo”.

En su dimensión social y psicológica, el personaje del argentino Edd Trucco, Felipe, se cuestionaba la inefable prontitud con la que vivía, lo relevante o inalcanzable del trabajo y deseó ofrecer respuestas a lo que la vida representaba para él y los que se encontraban en su entorno.  Trucco demostró madurez, dominio gestual, vocal y corporal.  Resultaron elegantes sus desplazamientos y hasta invitaron a la compra de un lubricante o a la salvación de la empresa.  Es el carisma propio de un negociante.  Cada especulación, cada línea, cada intromisión y marcadas transiciones nos convirtieron en espectadores apetentes para la acción.  Su actuación fue convincente y merecedora de respeto.  Sin embargo, un detalle que se debería llevar hasta el máximo cuidado fue la mención, en un momento, de la típica forma del pretérito en segunda persona del singular con “s” final, ejemplo, “comistes”, “corristes” y otros que son frecuentes en el habla popular; no era el caso utilizar esa forma en la obra (no sabemos si se marcó de esa manera).  Consideramos que un veterano en ventas está más versado en el trato con sus clientes.  Podría pasar inadvertido el hecho, sin embargo, no es así cuando hay decenas de oídos dispuestos a la censura lingüística sin elevación.

Por su parte, el personaje del joven Roberto que encarnó Nicolás Alvo se debatió entre un matrimonio, Dios y la incertidumbre de un nuevo trabajo que estaba muy distante de sus expectativas.  Es un chico averiguador, medroso, ingenuo, hasta cierto punto, y creyente de un poder divino.  Creemos que el aspecto religioso infunde orden y propósito a la vida.  ¿Su vida o la de los demás?  Alvo se lució en la representación y nos nutrió de lo que el personaje pretendía.  Su participación, aunque pareciera pequeña en el escenario, fue gigante, comprometida y cargada de azotes defensivos dispuestos a tensar la mente del adversario para obligarlo a la reflexión o a preguntarse por qué o por quién vive.  Expuso con histrionismo lo que muchos no hubieran podido extraer de un personaje: credibilidad y calidad emocional.  Se disfrutó el momento, lo maquinó y nos condujo hasta el estallido catártico sin bajas.

Luis fue interpretado por el artista paraguayo Daniel Ojeda Astigarraga.  Su personaje, de mediana edad, alardeó su conocimiento para el marketing, propuso pero no dispuso, sufrió exaltaciones anímicas, fue emprendedor, grosero, y hasta manipulador.  Ojeda Astigarraga poseyó la virtud de palabra bien enunciada y también un potente aparato fonador.  Actor de quilates y enérgico como un dardo que va en pos de su objetivo.  Lo que resaltó en su incursión escénica fue la profundidad que brotó de los sentimientos, emociones, sobresaltos, silencios y hasta del decaimiento o descanso que lo impulsó a la serenidad.  El personaje del actor y su desenvolvimiento actoral fueron lingotes de oro.

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Actores en pleno ensayo y el equipo técnico ultimando detalles para el montaje.

No es corriente experimentar al director, Walter Ventosilla, involucrado en propuestas realistas y con innumerables recursos escénicos como los utilizados en “El pez gordo (The Big Kahuna)”.  Sus montajes, más bien minimalistas, se concentran en la capacidad histriónica para lo visual con orientación a extraer vivencias encerradas o pulsantes que habitan la esencia humana.  En “El pez gordo”, su directriz se enfocó en mostrar lo horrendo y, por demás, sublime que el ser humano experimenta durante su vía crucis terrenal -laboral también-, magnificando con diversos elementos internos y externos, durante la representación escénica, esa condición competitiva, exhaustiva e incierta del individuo.  El sistema estilístico y la intensidad rítmica del espectáculo denotaron disciplina y veteranía.  Sugerimos, al director Ventosilla, un acercamiento más repetido a este tipo de teatralización.  Amanda Peña Morel, directora asistente, se embarcó en un proyecto de titánica proporción y le agradecemos con palmas el trabajo realizado.  De igual manera, a la diseñadora de vestuario, Manuela Cabañas Gálvez que no escatimó en el esfuerzo por presentar una guardarropía a tono con las exigencias del texto y la situación.

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Durante un momento de gran tensión dramática.

Un detalle que nos conmovió, de la representación, fue el final abierto cuando Felipe se retiró al balcón envuelto por un chorro de luz azulada.  La imagen quedó enmarcada como una ascensión al entendimiento, al acto reflexivo o a la preparación suicida de un ser cargado por las obligaciones de la existencia.  ¿Sería el evento de la convención un preludio o despido de la continuación terrenal?  ¿Sería un momento, a solas, para el ordenamiento de creencias?  Fuera una cosa o la otra resultó ser un momento para la distención; un momento sublime para que el público equilibrara su moralidad y la hermanara con el elemento reflexivo que, a ratos, persiste en esfumarse.

La obra resultó en una ventana abierta para el autoanálisis, una caja de sorpresas que, si bien nos desternilló de la risa, nos adentró, con marcada insistencia, en asuntos serios del diario vivir.  “El pez gordo” logró el propósito de entretener pero también de mostrarnos a unos personajes-espejos en los cuales nos pudimos reflejar.  Sin temor a equivocaciones fue una producción en gordo y coronada de laureles.

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